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Los Pobres que nos enseñan a Vivir

Los pobres que nos enseñan a vivir

Los pobres que nos enseñan a vivir

Existen sectores sociales que se manifiestan contra la desigualdad, el racismo, la pobreza. Enfoques antisistema, antiglobalización, etc. Se especula sobre el hambre del tercer mundo, las enfermedades ó la contaminación. Sobre energía renovable, drogas y sida. Personajes notorios debaten los capítulos postreros de la humanidad a través de los medios.

Pues entonces, también nosotros opinaremos desde nuestra humilde condición. Sentado en la escalera del edificio, además de imprimir unas letras, vigilo a Walid, Marquitos, Eloy y Alex, el primero es hijo de un supuesto terrorista, el segundo perdió a su padre de leucemia hace pocos meses, el tercero va por libre durante todo el día y el cuarto es el mío.

Pulula por el barrio un anormal al que le gustan los niños. Los hijos de los camellos que pasan por delante de nuestro edificio suelen amenazar o robar a los críos de su misma edad, los segundos se diferencian del resto por lucir las orejas adornadas con pendientes y los colgantes de oro.

En la esquina hay un bar, punto de reunión de trabajadores y alcohólicos, además de los adolescentes de la calle, quienes venden la droga de sus padres para, a cambio, sacar para ellos. Cuando no, hay reyertas a gritos o el dueño ejerce la violencia de género contra la madre de su vástagos.

Niños de la Calle

Niños de la Calle

Saludo a los negros africanos que suben y bajan, a los rumanos que pierden las balas cuando limpian las armas en el balcón, evidentemente después no piden por ellas. Es a razón del calor que hace en el interior de los pisos que la comunidad asoma. Las mujeres árabes, cocidas por la temperatura a causa de sus ropas, se pasan el día hablando en los rellanos, callando como putas en cuaresma al paso de cualquier vecino. Contrastando con las risas de los negros, sinceras y fuertes, detrás de las puertas.

Con todo ello, no les quito el ojo de encima a los niños, con el balón a patadas arriba y abajo, con el mundo adulto recriminándolos por hacer esto y lo otro, por jugar aquí y no allá. Cuidado con la pelota niño, les gritan los camellos borrachos del bar, apestando el aire con su aliento. Les regañan los viejos temerosos de recibir un pelotazo. Les grito yo para que no se alejen de lo malo conocido.

El hijo mayor de la abuela del cuarto lleva un equipo de fútbol de alevines, Lucía, del tercero primera, que perdió al padre en un accidente de helicóptero hace apenas un par de años, me explica que después de trabajar de cooperante tres veranos seguidos en Paraguay, adopta a un niño de allá. María, la rubia teñida del quinto, de la cual hacía tiempo que no sabía, me informa de las novedades en la vida de su hermano, condenado a morir en una silla de ruedas a causa de una rara enfermedad degenerativa, también dice, con una hermosa alegría, haber logrado un trabajo en la prisión de Cuatre Camins, como auxiliar de psicóloga.

El africano del segundo me da las gracias por no sé que historia, le respondo que desconfíe de los blancos. Se ríe.

Aquí nadie se queja del racismo, ni de las guerras ni del hambre, es más, si le nombras a cualquiera la crisis económica, contemplará tu perplejidad sonriente.

Es un fenómeno solidario, discreto y tácito, cuyas directrices son desdramatizar la realidad, a través de las historias cotidianas más humanas y simples. Una estrategia para volcar lo positivo, para contagiar la fórmula y el efecto.

Los pobres que nos enseñan a vivir

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Los pobres que nos enseñan a vivir

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